7 intuiciones sobre el campo artístico #artecuador2016

Por Ana Rosa Valdez

Cuando regresé a Ecuador en el 2008, las demandas en el campo de las artes portaban valores sociales y políticos que apuntaban a construir infraestructura cultural, a profesionalizar el campo de los trabajadores de la cultura, a sostener procesos de larga duración en lugar de perpetuar la organización de eventos, a institucionalizar y formalizar la gestión cultural, a erradicar las prácticas clientelares de las instituciones, a democratizar el acceso al financiamiento público, a desarrollar formalmente nuestras investigaciones artísticas, a realizar una gestión cultural transparente basada en criterios técnicos y no en los “gustos” de ciertos funcionarios, y -lo más importante- a promover la autogestión y la libertad creativa.

Ocho años después, algunas de estas legítimas exigencias han encontrado respuestas y soluciones, y otras se han difuminado.

Muchos de quienes levantamos la voz en esta década, para exigir las referidas demandas, entramos a la gestión pública bajo convicciones coherentes con las reivindicaciones arriba citadas, sólo para constatar que las instituciones son tan inestables como la agenda política que las rige, que los procesos levantados se desvanecen en nuevos procesos refundacionales, que en el juego del poder sólo sobrevive quien prioriza la gestión política por sobre la gestión de la cultura, y que la burocracia en realidad es una actitud frente al trabajo y la vida que ostentan algunas personas. En estos años, otros compañeros hicieron, con muchas dificultades, una carrera independiente, decidieron abrirse camino fuera del país o ingresaron en otros campos laborales.

La última década nos ha dejado un horizonte cultural cuyas disputas simbólicas y políticas ya no son tan claras, como tampoco lo son los compromisos colectivos frente al desarrollo de las artes. El panorama actual es ciertamente difuso. Al intentar comprender el funcionamiento de la escena artística nacional, tres palabras emergen como visiones aciagas: dispersión, desmovilización, desorganización.

Al término del 2016, las demandas culturales suelen estar, en el mejor de los casos, a tono con intereses privados. En un extremo más lamentable, observamos a quienes les puede más la desidia, el rencor o la apatía. Así las cosas, nos queda esperar un milagro -o una nueva crisis financiera que afecte realmente el funcionamiento del campo, como ocurrió a fines de los noventa- para que el motivo de debate sea, nuevamente, la búsqueda de lo común y la organización. Sobre todo, si tenemos en cuenta que se nos viene encima un nuevo abismo: la construcción de un escenario colectivo, crítico y propositivo, para el cumplimiento de la Ley de Cultura, la creación de su reglamento y las normativas legales e institucionales respectivas.

Intuiciones

La agencia cultural colectiva que caracterizó al campo artístico durante los primeros trece años del nuevo siglo se disolvió, progresivamente, en iniciativas culturales dispersas que, por ello mismo, resultan políticamente débiles. Actualmente, los proyectos culturales, en su mayoría, apuntan al beneficio privado -independientemente de que tengan por misión algun trabajo social o comunitario.

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La desconfianza y el temor minan la posibilidad de construir acuerdos entre las instituciones públicas y las personas que se dedican a las artes. Por otro lado, el clientelismo se mantiene, y la autocensura emerge como opción de supervivencia. Los actores culturales no suelen arriesgar comentarios críticos frente a la gestión institucional por el potencial peligro de no acceder a financiamiento para sus proyectos. La forzada afinidad entre las propuestas artísticas y las agendas privadas de funcionarios de turno también se vuelve una posibilidad de subsistencia económica para muchos.

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La voluntad refundadora que operó en múltiples sectores del Gobierno durante esta década permeó también en las instituciones culturales, promoviendo el olvido de nuestros antecedentes. El mejor caso de estudio, al respecto, está representado por el Ministerio de Cultura y Patrimonio. Esta institución desconoció el legado del Banco Central del Ecuador en materia cultural, pero no instauró, en su reemplazo, ningún nuevo proyecto cultural institucional; más bien, ha invertido altos presupuestos en consultorías y estudios técnicos para reestructurar el campo cultural sin aparentes resultados. El cierre del Museo Nacional del Ecuador, y su postergada reapertura, ilustra esta idea de manera ejemplar.

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La Casa de la Cultura Ecuatoriana ha demostrado ser la institución cultural más fuerte del país. Su ejemplo nos recuerda que toda entidad que intenta mantenerse a salvo de las crisis políticas, tan frecuentes en el Ecuador, debe apostar por una agencia política antes que cultural. ¿Cómo sería la Casa si la capacidad de organización, lobby y gestión que demostró frente al proceso de la Ley de Cultura, para no perder autonomía frente al Estado, fuera equiparable a la calidad de sus programaciones culturales?

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La autonomía, como posibilidad de una vida creativa y alternativa al sistema imperante, para quienes trabajamos en las artes, puede ser posible si construimos bases materiales y prácticas concretas que soporten nuestras ideas y aspiraciones. La autonomía no reside en discursos radicales que terminan revelando su falacia argumentativa en las prácticas camaleónicas de quienes se declaran, ingenua o cínicamente, “independientes”, a pesar de que entran y salen de las instituciones culturales y empresas privadas, indistintamente. Uno de los grandes errores cometidos en la última década fue actuar en dependencia de los espacios públicos que se nos presentaron como comunes, en lugar de abrir espacios propios, concretos, para nuestras prácticas creativas. Los fondos concursables, las eventuales contrataciones por servicios culturales -que en este año de recesión disminuyeron considerablemente en relación a períodos anteriores-, los premios e incentivos, y el acceso a concursos públicos de merecimiento para la obtención de plazas de trabajo en instituciones públicas han sido, sin duda, durante esta década, un aliciente para el campo laboral de las artes. Sin embargo, crearon dependencia bajo el paraguas paternalista del Estado. Habrá que soltarse, arriesgarse a buscar lo propio.

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Frente a la noción moderna de autonomía del arte, Ticio Escobar contrapone su idea de “autonomía condicionada”, que concibe al espacio artístico como un lugar autónomo que reconoce la procedencia social y cultural de sus objetos, prácticas, representaciones y discursos. En este sentido, puede abrir nuevos diálogos entre arte y espacio social, particularmente, en aquellos momentos y lugares en que los activismos requieren del arte su función social y política, para instalar debates, promover movilizaciones, rehacer vínculos, e imaginar un horizonte emancipatorio colectivo.

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Lejos de la relación entre arte y comunidad trajinada por ciertos promotores del arte comunitario, social o relacional, que han capitalizado, simbólica y económicamente, la falsa proximidad y el eventual trabajo con grupos, comunidades y poblaciones, en pro de un beneficio privado, ¿es posible construir comunidades concretas en torno a las prácticas artísticas? ¿qué formas de colaboración e intercambio, desde el arte, pueden contraponerse a la lógica capitalista de la mercancía y el consumo? ¿qué maneras de recrear el lazo social y afectivo entre las personas pueden ensayarse en las producciones artísticas, las exposiciones, las curadurías, las escrituras, las prácticas educativas y los gestos críticos que realizamos? ¿cómo nos queremos posicionar frente a la desorganización, desmovilización y dispersión que afectan nuestro trabajo individual y colectivo?

2 comentarios en “7 intuiciones sobre el campo artístico #artecuador2016

  1. Coincido en casi todo lo que mantienes, me parece que también algo parecido comente en 103M y se debería ampliar mas el debate alrededor de las interrogantes que planteas, y de paso involucrar a los actores culturales ( artistas ) en esto. Como sabrás lo cultural también mueve economía.
    ¿Qué hacer para enfrentar ese factor con el resto de interrogantes que planteas? y
    ¿Qué tan difícil sera involucrar a los actores culturales en los debates?
    Esperemos ver este 2017 como se desarrolla todo.

    Saludos

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