Apuntes sobre la XIII Bienal de Cuenca #artecuador2016

Por Pablo Andino

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En un país donde las instituciones culturales tienen una vida en constante crisis, la Bienal de Cuenca ha sido –en sus últimas ediciones– un bálsamo dentro de los eventos de arte contemporáneo. Si bien se puede tener criterios varios sobre la coherencia de los núcleos formados en la edición del 2011, la selección de obras premiadas en la edición 2014, o incluso la pertinencia misma del formato bienal, este evento junto a los eventos que ocurren en paralelo –destacándose Cuarto Aparte– es la vitrina más importante que tiene el arte local.

Frente a este paisaje complejo entre expectativa e inestabilidad institucional, la 13ª Bienal de Cuenca titulada Impermanencia: la mutación del arte en una sociedad materialista abrió sus puertas con importantes aciertos pero también con visibles problemas organizativos, administrativos y museográficos.

Dan Cameron –curador de esta edición– propone, bajo el concepto de impermanencia, regresar a ver a una línea de arte actual que está cada vez más en consonancia con la naturaleza fugaz del ser humano. Si bien existe toda una historiografía detrás del concepto de fugacidad y desmaterialización en el arte, Cameron propone la impermanencia desde una dimensión experiencial del presente; una  mirada interiorizada del espectador en diálogo con la obra. Obras que estén en franca disonancia con la experiencia del tiempo como productor de mercancías.

En una sistema capitalista cada vez más asentado en todos los aspectos de la vida y el arte,  resulta altamente pertinente hablar de la mutabilidad como forma de resistencia al mercado; sin embargo, la forma en que Cameron asienta estas nociones deriva en conceptos bastante generales. Con esto no quiero abogar por un didactismo en el arte, sino mas bien enfatizar que el texto curatorial e incluso las fichas que acompañan las obras no dan cuenta de una especificidad en la selección de las mismas. Bajo la forma que Cameron plantea las premisas curatoriales, casi cualquier obra tendría la capacidad de entrar en la selección. Se corre el riesgo, entonces, de convertir la muestra en una selección excesivamente subjetiva que, bajo el pretexto de tener interpretaciones abiertas, se convierta en un recorrido inconexo e incoherente.

Dicho esto, y aunque las premisas para la selección no queden claras, cabe destacar que hay obras realmente potentes y ambiciosas en su despliegue conceptual y espacial. Dentro de la participación local sobresalen las propuestas de Juan Carlos León, Alexandra Cuesta y Oswaldo Terreros, donde vemos estrategias efectivas para incidir y trastocar la forma de aproximarnos a la vida social y política del país.

En cuanto a los evidentes problemas logísticos, de organización y administración de la Bienal no me gustaría ahondar porque considero que todos podemos convenir que se trata de un tema que necesita resolverse urgentemente. Quisiera más bien rescatar lo que para mí son dos grandes méritos de la gestión de esta Bienal. Por una parte, destacar el papel del programa pedagógico que, aunque no terminó de asentarse (cuestiones que el curador pedagógico Cristian G. Gallegos deja claro en su carta pública de renuncia), fundó lo que para mí debiera ser una política de mediación en todas las Bienales de aquí en adelante. La responsabilidad de todos los actores culturales no termina con la inauguración de tal o cual evento, sino en un compromiso continuo con la formación de audiencias.

Por otro lado, considero que la supresión del premio económico a los artistas es también uno de los grandes avances de esta Bienal. Resulta imperioso dejar de pensar la Bienal como una carrera de quién llega primero, sino como un evento que entable diálogos, que articule reflexiones desde el arte hacia otros campos, que provea nuevas miradas de la ciudad y su contexto. En fin, un evento que ensaye la formación de otras matrices perceptivas. La ayuda económica –tan necesaria en la precariedad de nuestro contexto– debería canalizarse a través de otras vías. En este sentido, puede ser el apoyo mas decidido de la Bienal a todos los artistas locales, la financiación de proyectos específicos, o la adquisición de obras para la colección evitando la estructura del “artista ganador”.

Estos dos puntos que he destacado son esfuerzos meritorios para acabar con el modelo de bienal que Gerardo Mosquera ironiza comparándolo con un platillo volador que aterriza cada dos años, se asienta dos meses, vuelve a partir, y luego no queda nada más que la memoria de un espectáculo, sin incidencia ni contacto cultural. El gran reto será continuar pensando la Bienal de Cuenca como un generador continuo de oferta cultural, que no se encienda y se apague cada dos años.

 

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