Written by 22:49 Escritura y práctica de artistas

Astronomía Inversa

ASTRONOMÍA INVERSA

Por Oscar Santillán

*

– ¿De dónde eres?

– Ecuador, contesto.

El preguntador levanta la mirada tratando de rememorar algo pero no lo logra.

Dime el nombre de algún ecuatoriano famoso, me dice.

No sé –ahora soy yo el que trata de recordar– Jefferson Pérez, Manuela Sáenz, Jesús Fichamba, Lorena Bobbitt…

– No, no, no.

– Antonio Valencia, Eloy Alfaro, Jorge Icaza…   

– No.

Entonces cambiamos el tema de conversación, nos entretenemos un buen rato hablando sobre cualquier cosa hasta que su memoria finalmente le trae algo de vuelta; algo del Mundial de Fútbol del 2002. Esa fue la primera copa del mundo que el equipo ecuatoriano disputó en su historia, pero su recuerdo nada tenía que ver con “la tri”:

– Byron Moreno –pronuncia el preguntador, que es italiano.

Byron Moreno, el árbitro ecuatoriano, resulta ser funestamente célebre entre los italianos ya que su turbio arbitraje del partido contra Corea dejó a “la azzurra” fuera de la copa del 2002.

El día luego de aquel partido su rostro cubría los tabloides italianos; hecho que se repetiría tiempo después aunque por causas diferentes. En el 2010 el árbitro ecuatoriano fue apresado en New York, se cuenta que acusado de llevar algunos kilos de heroína en los calzoncillos.

Al día siguiente uno de los tabloides titulaba:

Bye Bye Byron: Moreno arrestato per droga.

Cuando se le ha preguntado al árbitro si recibió algún soborno por aquel partido, o por aquel otro en que adicionó 12 minutos, responde que no, que no vio bien, que se equivocó: “Los seres humanos nos equivocamos” dice pausadamente, como si hubiera arrancado aquella trivialidad de algún evangelio. El árbitro tiene una mirada mas bien melancólica que hace que uno lo retrate como víctima de algún complot secreto.

En fútbol se estila que previo a iniciar el partido el árbitro arroje una moneda al aire para determinar qué equipo da el puntapié inicial. Cierto fotógrafo hizo un retrato bellísimo de Moreno siguiendo con su mirada la moneda cuando esta llega a la cima de su elevación. Plateada, en su brillante redondez la moneda en algo se parece a la luna, los ojos del árbitro bien pudieran ser los de un astrónomo ecuatoriano desconocido.

El primer retrato en detalle de la luna parecen ser aquellas acuarelas que Galileo pintara apuntando su pequeño telescopio al cielo. El aparato había sido recientemente inventado y patentado en Holanda por artesanos sin mayor interés científico. Dice la leyenda que estos artesanos solo pensaban en el valor comercial de este instrumento y su potencial uso náutico, lo apuntaban entonces hacia el horizonte, en sentido horizontal, mientras Galileo habría sido el primero, dicen, que lo movió en sentido vertical hacia el cielo.

Tres años luego, en 1611, Johannes Kepler mejoró el diseño del telescopio aunque él mismo no podía usarlo, su miopía era severa. El astrónomo alemán ha sido descrito como un personaje afligido, terco, obsesivo. Muchos años antes, a la edad de tres años, apenas logró sobrevivir a la viruela que le dejó el área alrededor de los ojos con cicatrices permanentes y la mirada nublosa. Dependía de las observaciones de otros para computar y teorizar. Exportada desde Europa la viruela se globalizó allanando el camino de la conquista y posterior colonización durante el siglo XVI. Millones de personas en las Américas morían por ella, incluido el emperador inca Huayna Cápac. El mal actuó de norte a sur por igual. Una de las ilustraciones impresas en el “Código Florentino” muestra los padecimientos de un indígena azteca infectado por el virus. La ilustración usa el mismo formato de viñetas secuenciales del cómic moderno, muestra el cuerpo de un hombre compulsivamente cubierto de ampollas, casi tan numerosas como las estrellas que el ojo desnudo puede ver en el cielo. En la penúltima viñeta se dibuja la exhalación final; el alma huyendo del cuerpo.

Ya la iglesia católica había determinado en 1551 que los indígenas sí tenían un alma inmortal. Esa pequeña ilustración estoy seguro es el único documento histórico en el que se visualiza el alma de un indígena.

Contemporáneo del astrónomo Kepler, el filósofo René Descartes creía que el alma se hospedaba en la glándula pineal, que está ubicada cerca del centro del cerebro y tiene apenas el tamaño de un grano de arroz. Lo maravilloso de esta afirmación también se da en términos escultóricos. Además de ser un problema de escala es así mismo un problema del material.

La forma y consistencia del alma pasaría con los siglos de ser un problema teológico a uno profundamente científico, hoy no discutimos si estos o aquellos seres humanos tienen alma, pero sí si las plantas y los animales tienen consciencia. La discusión más que desaparecer se ha ampliado.

Descartes tenía razón, quizás la consciencia sí cabe en un grano de arroz después de todo.

Alguna vez una amiga me contó sobre un juego que inventó de niña. Solía comer todo su almuerzo menos un grano de arroz. Luego que todos se levantaban de la mesa ella se quedaba allí con su arroz, solos. Imaginaba entonces que éste era el último grano de arroz en el planeta, y ella era la afortunada persona que lo iba a disfrutar. Lo cortaba a la mitad y se comía la mitad lentamente para sentir su sabor. A la mitad restante la partía luego en dos mitades y así continuaba extendiendo el disfrute de este último arroz por un largo tiempo, hasta que le era imposible seguir dividiendo aquello mínimo, casi invisible, que quedaba: su anchura era la misma que el filo del cuchillo que tenía en su mano.

Era entonces el mundo de una infinitud tanto física como imaginaria. Esa narración minúscula insertada en el mundo modificaba las escalas de ese mismo mundo: El sabor de medio grano de arroz era el momento sublime de la tarde.

El teólogo Leonardo Boff propone que la ética de nuestro tiempo debería partir de prestar atención y cuidado de lo pequeño. Quizás una ética aún más radical –me pregunto– podría ser aquella que cuida no solo lo pequeño sino de lo diminuto, de aquello tan mínimo que es casi invisible, tan insignificante que ni siquiera tiene palabra que lo nombre, tan elusivo que es casi banal, como cortar un grano de arroz hasta que desaparezca.

Hoy quería hacer una apología de la sencillez, pero he dicho demasiado.

*

El numeroso exilio de artistas y escritores latinoamericanos durante los 60’s y 70’s debió enseñarnos algo, que en una maleta cabe todo lo que uno necesita para seguir viviendo y seguir trabajando. Se pensará, por ejemplo, que a un escultor esta sencillez le impondría restricciones difíciles de sobrellevar, pero aquello no es cierto. Según Lezama Lima, el cuerpo de Julio Cortázar era una escultura en vías de convertirse en monumento. Lezama circuló el rumor de que Julio sufría de “Efebicia”, una enfermedad inventada por el cubano cuyo síntoma sería que el escritor crecía sin parar y tuviese un eterno aspecto jovial. Si seguía creciendo, Julio Cortázar se convertiría en el monumento de sí mismo.

En 1997 la artista Clementina de Andrade se tomó el rumor en serio y, con la ayuda de su tío fisioterapeuta, calculó la estatura que Julio Cortázar tendría a los 100 años de edad; y le hizo una muda de ropa.

La camisa medía 140cm de largo.

El pantalón, 296cm.

Calzoncillo, 97cm.

Zapatos, talla 88 (US).

*

El poeta salvadoreño Roque Dalton fue uno de esos exiliados. En 1965 se tuvo que ir a Praga. Por muchos años Johannes Kepler vivió en esa misma ciudad, trabajando en la Torre Astronómica del Klementinum. Contó alguna vez el sindicalista Miguel Mármol, también exiliado en Checoslovaquia, que una noche el poeta caminaba cerca del Klementinum, por una de esas calles frías con luz de tungsteno pálida interrumpida por los árboles de la vereda, cuando lo interceptaron tres hombres que le dieron una paliza y le robaron cuanto tenía el poeta, que no era mucho. Lo dejaron casi desnudo.

Poco después –ya vestido– Dalton se fue a México y luego a Cuba. El mismo médico que le hizo la cirugía plástica al Che para que ingrese a Bolivia se la hizo a Roque Dalton para que pueda volver a El Salvador y unirse a uno de los bloques guerrilleros que, decían ellos, eran “la vanguardia que llevaría al pueblo hacia la victoria final”.

Dentro de la cúpula guerrillera se inventaron tramas avivadas por la envidia y el dogma. Sus propios compañeros le hicieron un juicio, lo mataron, y desaparecieron el cuerpo. Los restos de Roque Dalton no han sido encontrados hasta el día de hoy debido a un pacto de silencio entre los asesinos.

Quizás algo de responsabilidad tiene el mismo Dalton sobre su destino.

En 1968, ya en México, se opuso a la invasión soviética a Checoslovaquia pero los camaradas no lo secundaron. Los partidos comunistas de Latinoamérica y el mismo gobierno cubano guardaron silencio. Él ya tenía pistas claras del comportamiento de la izquierda revolucionaria Latinoamericana: aquellos que querían transformar la vida, volverla bella –decían– construyendo un gigante aparato burocrático: burocratizar la vida, reducirla a formularios y slogans.

Aún así el poeta se mandó a rehacer el rostro y se marchó pa’l monte.

México 68, las olimpiadas de verano, Věra Čáslavská una gimnasta checoslovaca gana la medalla de oro y sube al podio. La gimnasta soviética que gana otra de las medallas la acompaña. El evento es ampliamente mediático, la gimnasia femenina ya era entonces uno de los deportes televisados de las olimpiadas. Suena el himno de la Unión Soviética y en ese momento Čáslavská, en un gesto épico y sencillo, inventa una protesta propia: dirige y mantiene la mirada hacia el piso.

Astronomía inversa.

 

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