De vuelta a la autogestión. ¿Y ahora qué? #artecuador2016

Por Paola De la Vega

Este 2016 atravesamos una paulatina reconfiguración de plataformas de circulación, colectivos artísticos, proyectos y prácticas de gestión cultural y organización autónoma en distintos campos; digamos, ocurrió una suerte de retorno de agentes a la escena independiente después de su paso por cargos (en buena parte, de alto rango) en instituciones culturales de carácter público, estatales o municipales. En algunos casos, su salida respondió a posturas y favores político-partidistas, a intereses en juego en un periodo previo a elecciones, y por supuesto, a tensiones propias relacionadas a miradas sobre lo cultural. Pasar por el servicio público ha significado para varios de ellos, aportar a la construcción de institucionalidad cultural; también, la posibilidad de abrir fisuras en el enorme aparataje burocrático, que han permitido propuestas, investigaciones, articulaciones – eso sí, muchas de ellas inestables y sin continuidad-, promotoras, desde la relación micropolítica-instituciones, de potenciales espacios de pensamiento y acción. Y, finalmente, ha significado, para otros, un sueldo seguro con ingresos estables en un momento de crisis caracterizado por debilitados y cambiantes mercados culturales, el trabajo artístico precarizado, el recorte de ayudas, subvenciones públicas y consultorías, la fragmentación del sector y la “independencia” de los autónomos sostenida, en la última década, en gran medida, en el fondo concursable o la contratación pública.

A muchos de estos esfuerzos de crear institución se los llevó el viento; el constante espíritu refundador que nos ha caracterizado, ganó, como de costumbre, las batallas. Hoy nos enfrentamos a una crisis de representación institucional, a su debilitamiento, al desgano, la incredulidad, la decepción. ¿Y los errores? Lo diré, una vez más, citando a Martha Rodríguez, en su brillante estudio sobre la creación de la Casa de la Cultura. A esta práctica, la entiendo como una permanencia histórica hasta las últimas administraciones públicas en cultura: el gran problema han sido los proyectos personales, las agendas individuales y de los circuitos más próximos de turno, que se han posicionado como agendas de interés público; se han aprovechado espacios de poder, haciendo uso estratégico de recursos, no solo económicos, para gestionar  agendas propias. De esta lógica no escaparon gran parte de los agentes autónomos que ocuparon cargos institucionales recientes.

¿Qué nos queda? ¿Hacia dónde apuntar en 2017? La reconfiguración de la escena autónoma deberá repensarse desde las articulaciones e iniciativas que permitieron estas fisuras institucionales, la escritura y memoria de estos procesos; deberá, además, valorar la experiencia en la gestión pública, tejer relaciones entre distintas prácticas, tecnologías y experiencias sociales, cuestionando la autonomía del campo artístico; pensar en el trabajo desde la interdependencia, la organización y la solidaridad; sedimentar redes con espacios académicos y de debate; retomar el ejercicio político y la crítica; cuestionar estructuras centralistas, haciendo uso de normativas que encaminen el trabajo participativo y otros modelos de gobierno.

 

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