Eduardo Jaime: Colector

Eduardo Jaime: El savant y la lente

Texto curatorial por Rodolfo Kronfle Chambers

Exposición en la Galería Mirador – UCSG

Esta es la primera ocasión en que se exhibe formalmente el trabajo fotográfico de Eduardo Jaime (Guayaquil, 1967), asunto que llama la atención por partida doble: se trata de la primera puesta en escena de un cuerpo de obra que acumula ya 25 años (1994-2018), a más de ser una de las producciones más potentes y honestas de la fotografía ecuatoriana.

La aproximación que tiene el autor hacia la naturaleza, tanto en óleos como acuarelas, se ha expresado en anteriores exposiciones en diversas galerías, pero recién ahora podemos calibrar la profundidad de sus series de imágenes a través del tiempo, que configuran lo que puede entenderse como un único y épico gran ensayo. La selección se centra en sus sostenidas excursiones por los cerros, bosques y matorrales que rodean la ciudad de Guayaquil, dando cuenta también de cómo las invasiones y el crecimiento indiscriminado han ido aniquilando aquel frágil ecosistema que se encuentra en permanente mengua.

 

Todas las fotografías han sido captadas básicamente con la misma elemental cámara Minolta, y con una actitud lo-fi que abraza el error (desenfoques, sub-exposiciones, suciedades) y remarca las fallas e imperfecciones propias del proceso analógico (colores lavados, perdurabilidad de los negativos, manchas de luz). Jaime vivió con cierto desdén el advenimiento de la tecnología digital aferrándose a la condición perecedera del medio, previo a ser resucitado y capitalizado por la industria de la nostalgia: el artista ha venido esforzándose por encontrar rollos de film caducados en pequeños pueblos y anticuadas tiendas, a más de negociar los procesos de revelado en laboratorios que, progresivamente, han abandonado ese servicio. Surge aquí un paralelo cuasi filosófico entre la decadencia de su herramienta y la de los bosques, algo que afirma una postura de resistencia más que una elección estética que ahora resulta estar de moda si notamos cómo el mercado ha abierto toda una gama de posibilidades retro que van en alza, desde el retorno de los discos en vinilo hasta las Polaroid, o -para quienes no pueden costearlas- filtros y aplicaciones digitales para recrear sus efectos.

Cada sala de esta galería está dedicada a alguna de varias series interrelacionadas, reuniendo principalmente un corte de la extraordinaria “Mano de Botánico”, donde destaca la flora, o la conmovedora “Bosque Plató”, donde resalta ejemplares de fauna. En ambas, como convirtiendo la convención científica en un dejo humanizado, coteja “especímenes” con partes de la anatomía propia o ajena para dar una noción de escala.

También reunimos unos pocos ejemplos de sus “Altares”, aglomeraciones de los que él llama “objetos protectores” que ha acumulado en sus derivas (principalmente plumas y huesos), y que, como señala, le permitieron liberarse “de una gran carga material y aligerar la mochila.” Estas imágenes se complementan con algunas tomas que destacan el paisaje en sí, y dan cuenta de aquella disputa de límites entre la metrópoli y la naturaleza. En una de las fotografías aparece además, como acto de retribución del artista, el totem de madera que talló, similar al monolito del Mono de Chongón (atribuido a la tribu Huancavilca) emplazado en el lugar donde este fue retirado.

El portafolio que nos ocupa es tan vasto que, además de mostrar el conjunto de impresiones, se optó por proyectar centenares de imágenes que engrosan la experiencia de su quehacer y refuerzan la sensibilidad lírica que subyace en el mismo, exaltada en la innegable belleza que habita incluso en la muerte, la gran contracara que gravita en su obra.

Todo proyecto de largo aliento suele tener alguna anécdota fundacional y decisiva en su génesis, y en el caso de Jaime quizá aquella nos remita a los días de su niñez, cuando su familia vivía al borde del cinturón de bosque seco tropical. En este gran patio trasero inician sus escaladas al cerro, y de aquí deriva la naturalidad de su conexión con aquel entorno. Es fundamental mencionar esto porque su “ecologismo” no es de índole activista, sino una condición innata de experiencia vivencial, tan importante tal vez como su actual proyecto de vida que, pudiendo equipararse a un gesto conceptual, lo desborda en su calado afectivo: en un lote de una hectárea por la península de Santa Elena, heredado de su abuelo, el artista ha sembrado toda una variedad de árboles endémicos o sobreexplotados (Huasango, Palo Santo, Algarrobo, Zapote de Perro, etc.), un inventario de más de 30 especies que cuida con celo y cuya madurez y esplendor -a decenas de años en el futuro- nunca llegará a ver.

Rodolfo Kronfle Chambers

Curador

7 de julio de 2018

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Fotografías de la exposición

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