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Juan Carlos Vargas: Yo, Chambero

La exposición de Juan Carlos Vargas realizada en el Espacio Onder de Guayaquil refleja cómo las prácticas artísticas pueden transmitir una imagen, aunque sea muy intuitiva aún, de lo que significó la cuarentena del 2020 provocada por la pandemia del Covid-19. Evitando los lugares comunes y las representaciones más recurrentes de esta experiencia colectiva, las obras del artista reflejan modos de dar sentido a esa circunstancia, estrategias simbólicas de supervivencia emocional, juegos para matar el tiempo de encierro. 

Durante ese período es como si Vargas hubiera llevado la práctica del callejeo desinteresado, que vimos en su muestra individual “Castillo Hobo”, al espacio doméstico. Si antes los objetos que utilizaba venían del mundo urbano, ahora nos presenta, con similar actitud, cosas del hogar: papel viejo, libros, muebles y artefactos que en las casas van quedando a un lado… Son elementos que al ser intervenidos o vandalizados expresan un estado de ánimo bastante común en estos tiempos de duda y sospecha. Si antes las memorias que Vargas traía al espacio del arte eran sociales y barriales, ahora son sus propias memorias, en clave ficcional, las que aparecen en sus pinturas. Impresiones de un tiempo excepcional que, en el futuro, quizás se vuelva menos indescifrable. 

Otro aspecto interesante lo encontramos en la instalación Robot family, en donde se refleja un guiño irónico a las complejidades del teletrabajo, la socialidad mediada por la tecnología, la educación en línea y otros aspectos relacionados con la virtualidad de las relaciones humanas en este contexto.  

La curaduría realizada por Rodolfo Kronfle Chambers busca contextualizar este trabajo en la práctica cultural del chamberismo porteño, en diálogo con otros artistas que han resignificado el valor de los residuos en sus obras. Me llama la atención cómo ha hilvanado el texto de la exposición a partir de ideas que he visto relampaguear en sus comentarios cuando conversamos informalmente sobre la escena artística de Guayaquil. La escritura no ortodoxa, y el perfil crítico que lo caracteriza siempre, logran estrechar una rara sintonía con la apuesta estética del artista.

Publicamos una memoria completa de la exposición que incluye una documentación excepcional realizada por Ricardo Bohórquez.

Ana Rosa Valdez

Yo, Chambero: 

Micro tesis sobre la obra de Juanca Vargas

Por Rodolfo Kronfle Chambers

Contexto conciso: ¡Botella vacía, periódico!

Hay instancias en que correlacionar un tipo de práctica artística con fenómenos sociológicos es imperativo, y me inclino a ello en el caso de Juanca Vargas (Guayaquil, 1992) porque hay algo tremendamente guayaquileño en su obra, alrededor de lo cual vale elaborar. Me gusta pensar que aquí en esta ciudad inventamos el reciclaje; pero claro, antes de que se imponga en su sentido actual como aquella palabra lugar común del léxico de la corrección política que tiene alelado a medio mundo, y que lo hace pensar que está contribuyendo a la tarea de -¡nada más y nada menos!- “salvar al planeta”. Aquí, como en tantos otros contextos precarios, imperaba desde mucho antes de esa triquiñuela discursiva la lógica de supervivencia propia del cachinero y del chambero (palabra que solo en nuestro país describe a los que viven de la basura): un sistema donde se fagocita exhaustivamente cualquier material u objeto que pueda tener una segunda o tercera vida en usos derivados.

Genealogía comprimida

El mundo del arte local también ha reflejado estos hábitos, por ejemplo, en prácticas escultóricas de los años 70 en adelante, en torno a las cuales se hablaba coloquialmente de una vertiente de artistas “chatarreros”, cuya obra se caracterizaba por la reutilización de repuestos y partes metálicas de todo tipo para crear representaciones tridimensionales. Esta forma de hacer se prolongó y tiene una genealogía trazable en la que se hilvanan nombres como los de Velasteguí, Barragán o Suarez Bango, con artistas como Pablo Gamboa y hasta Ilich Castillo, entre muchos otros, donde se manifiesta este fenómeno ya en la era del plástico generalizado. El tema da para tesis y muestra. 

A veces se me ocurre -perversamente- que, en el Ecuador, usar basura en el arte no es un gesto outsider, sino algo que se debe entender como parte de la cultura “oficial”, que tiene mucho de marginal. Luego se me pasa.

4 caprichosas hipótesis

1. La forma de emplear materiales desechados en la práctica de Juanca Vargas es más cercana -en espíritu, en cuanto estética, y como procedimiento- al chamberismo que a las lógicas del reciclaje o del collage. Él mismo ha reconocido que potencia sus obras con “el gesto mismo de un vagabundo, recolector, archivador”. Así logró su recordada instalación Vargas Photo (2014-2017) -recopilando desechos fotográficos-, uno de los más interesantes ejemplos de postfotografía en el arte contemporáneo local. Siguiendo esta lógica su trabajo resulta, en cierto modo, un nítido reflejo de la informalidad de la ciudad en todos sus registros: del maltrecho y estridente carácter visual que rezuma por doquier, más allá de ciertos enclaves donde la autoridad pugna a contra pelo por establecer un orden. En la mezcla azarosa de imaginarios culturales -que van del album familiar al cine erótico vintage, pasando por la publicidad datada e imagenes de libros y revistas viejas- su obra no es más que un eco de la mezcolanza, el barullo, el desbarajuste y la confusión que nos rodea. Es más, el espíritu despreocupado hacia la recepción de sus resultados plásticos puede entenderse como un eco de la actitud “¡ya qué chucha!” que nos ha marcado a fuego.

2. Vargas no “interviene”, sino más bien vandaliza de manera lúdica una amplia gama de impresos pre-existentes con una actitud anárquica y una figuración esquemática y violenta. Tampoco provoca el desvío irónico o crítico que es frecuente en la mayoría del arte contemporáneo que emplea ephemera caduca. El encuentro que promueve el artista genera sentidos de otro tipo. Deposita aquí y allá claves de su anecdotario de vida personal, de sus filias, fobias, pasatiempos y memorias, y va tejiendo en la acumulación de estos una suerte de gran retrato personal pero que también tiene algo de colectivo, donde la imagen vetusta se tuerce en función de una sensibilidad afinada con su presente: si prestamos atención pareciera que lo que desea hacer es lograr un tránsito que va de un “lo que fue”, a un “lo que somos”.

3. Y si bien pervive en los “monstruitos” que dibuja una vibra punk que arrastra desde sus días de trueno y gloria como skater, hay en ellos mucho juego y desenfado: son criaturas de rasgos sencillos y caricaturescos que evidentemente tienden a la travesura más que a la moraleja. Tal vez -especulo- esto sea un efluvio emocional donde se manifiesta también su joven paternidad: es la ternura travestida, donde el desconcierto que provoca el contraste del soporte original que late bajo los expresivos rasgos de sus animales (conejos, gatos) lo prefiguran como un Esopo con harta calle.

4. A pesar de que en esta muestra hay obras pequeñas, celebro la escalada en tamaño que ha procurado Vargas en varios trabajos donde transmite con mayor vigor sus farragosos impulsos. La proliferación de “obritas” tiene en nuestro contexto su explicación. Por un lado la realidad es más dura que una roca y había que plantearse cómo sobrevivir durante la pandemia. Y, por otro lado, al igual que la gran mayoría de artistas locales, es difícil no sucumbir al síndrome de pequeño formato que pulula en el comercio de arte de la ciudad en los últimos años; basta navegar por Instagram, la gran bahía digital donde cada quién ha montado su caramanchel electrónico.

Conclusión apresurada

Inmersos como estamos en una fanesca de prácticas culturales precarizadas y pos-pos-pus-modernas, me da por pensar que Juanca Vargas es tal vez quien de manera más auténtica epitomiza el estadio cultural de informalidad extrema en que naufraga nuestro triste trópico. Tiene la virtud, parafraseando a Cerati, de haber sacado belleza de este caos. Pasen, vean.

Rodolfo Kronfle Chambers

ESPACIO ONDER – 27 Marzo 2021

Registro del montaje y obras de la exposición

Por Ricardo Bohórquez

Corredor

Sala 1

Corredor / Sala 2

Sala 2

 

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