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«La conspiración del fasma». Una curaduría de Jorge Aycart y Boris Saltos

Por Ana Rosa Valdez

A diferencia de quienes desarrollan curadurías desde las múltiples disciplinas que interpretan lo artístico, Jorge Aycart entiende esta práctica como una forma de creación artística. Así, experimenta con los conceptos y textos curatoriales, los criterios de selección y los formatos expositivos como lo haría no un curador de profesión sino de oficio, un curador artista. 

¿Qué significa curar en estos términos? Pues no restringirse a las tareas habituales, tales como conceptualizar, valorar y legitimar determinadas prácticas artísticas, investigar el pasado con énfasis en las ausencias, analizar poéticas autorales, acompañar y dar sentido a lo emergente… Aycart aspira a alcanzar otros propósitos: desafiar al espectador mediante escrituras no convencionales, contenidos y referencias crípticas, experiencias difíciles de descifrar. De esta manera, se enfrenta al proyecto artístico, curatorial, intelectual desde la incertidumbre. 

Sus curadurías son como laberintos de ideas que es preciso detenerse a inspeccionar con cuidado. Quizás hasta ahora su práctica curatorial no ha sido valorada justamente en la escena artística guayaquileña porque el público difícilmente está dispuesto a abandonar lugares comunes, estructuras expositivas predeterminadas y conceptos establecidos para aproximarse al hecho artístico. Para Aycart, la vida misma es críptica y constituye un enigma, ¿por qué el arte debería ser distinto? 

“La conspiración del fasma”, su más reciente proyecto curatorial, surge en una colaboración con el artista guayaquileño Boris Saltos. En el 2020 se reunieron a pensar una nueva propuesta a pesar de la crisis provocada por la pandemia del Covid-19. Estoicamente, se plantearon priorizar el arte como una forma de resistencia.

Como en sus curadurías anteriores, pidió a los artistas producir piezas exclusivas para la exposición. La premisa fue interpretar la noción de fasma de Georges Didi-Huberman. Primero, debían realizar una lectura de un texto del historiador del arte francés y, posteriormente, producir las obras. Es importante acotar que Aycart fue profesor de todos los participantes de la muestra cuando estudiaban en el ITAE y en la Universidad de las Artes, de ahí que el diálogo curatorial provenga de los ejercicios pedagógicos realizados en el aula. 

La casa que acogió la exposición es un elemento importante a considerar. Apareció por accidente, pero fue escogida por la función evocativa y metafórica que podía desempeñar en el proyecto. Ubicada en el barrio de Urdesa, esta residencia está próxima a ser remodelada. En la antesala de su transformación, ofreció un contexto propicio para la curaduría. La idea era permitir al artista convertirse en un insecto fasmático para transformar la casa, y jugar a las escondidas, según refiere Aycart. “Es el artista como fasma quien devora ese lugar para transformarse en ese lugar, acechar y protegerse”. 

Cuando los curadores recorrieron la vivienda por primera vez, por sugerencia de Elías Aguirre, quien finalmente la gestionó para la muestra, pensaron en los espacios y los artistas que podrían ocuparlos. De esta manera, asignaron los lugares a los participantes y les solicitaron crear propuestas in situ a partir de determinados lenguajes artísticos que han desarrollado previamente con solvencia. 

Como la mayoría de las exposiciones que se realizan en Guayaquil, y todas las que ha organizado Aycart anteriormente, esta se dio en condiciones de presupuesto cero, sin apoyos institucionales ni auspiciantes. “La casa es una declaración de esa precariedad: una casa abandonada, en ruinas”, señala el curador. Además de ello, la muestra estuvo abierta al público durante un corto período de tiempo. 

En la muestra, que se realizó en el mes de diciembre de 2020, participaron Xavier Coronel, Jorge Morocho, Elías Aguirre, Lisbeth Carvajal, Ray Medina, Juan Andrade, Marco Sáenz, Ruth Cruz, Ricardo Fernández, Alexa Brito, Boris Saltos y Jorge Aycart. 

A continuación, compartimos en Paralaje el texto curatorial, un registro fotográfico y un recorrido en video por la exposición. 


La conspiración del fasma

Por Jorge Aycart y Boris Saltos

“Se recordará que dije que la pulga se encontraba en el vértice de la cabeza del gato, es decir, algo más arriba de los ojos del mismo, lo que es decir del punto final de mi rayo visual. Luego, uniendo este punto con la pulga por medio de un nuevo rayo —imaginario, por cierto—; sé que era con esto con lo que iban a rebatir la posible existencia de mi figura. Pero mi rayo de vista, ¿es acaso más real? ¿Se le puede tocar, apreciar de algún modo, siquiera ver? Sin embargo existe, tiene que existir ya que yo veo al gato y él a mí también y, al vernos nosotros dos —puntos distantes—, al conectarnos, algo, claro está, tiene que haber entre ambos dichos puntos, pues de lo contrario, de lo contrario… piénselo alguien un instante y se comprenderá que el gato y yo dejaríamos de ser el uno para el otro. Lo somos a tal extremo que me estoy temiendo que casi no seamos sino esto, sino este rayo en cuestión y nada más.” 

Juan Emar 

“Tenía la impresión de que de un extremo a otro de los posibles espacios del mundo se hubiera abierto una grieta enorme, abrasadora, incandescente”.

Robert Walser

Jorge: El proyecto nace de una anécdota de Didi-Huberman a partir de un recorrido por el Jardin des Plantes, en donde identificó a su animal preferido, aquel que proporciona el más exquisito de los terrores, el terror de lo desemejante. Un tipo de insecto que devora y ocupa ese espacio que lo cobija, él mismo es ese tallo que antes se presentaba como tangible y reconocible y que, luego de la intensa aparición de ese ser salido de la pesadilla más oscura (la de lo real excesivo), se transforma en superficie acuosa, irregular y en una forma de constante desplazamiento (esa misma forma que se dispersa hasta negar su propio signo), sin abandonar, simultáneamente, las cualidades del organismo ocupado, devorado. Un cuerpo como relato de un espacio que, pretendiendo elaborar un refugio, busca ser lo que vemos, lo que parece pero que, finalmente, no es más que la experiencia de la condición de lo concreto como escándalo de lo incierto. Mirada fija que descubre, en su proceso de disipación, los objetos como piezas claves de un tratado sobre luz real que incendia los rasgos de lo imaginario. Quieren parecerse, conjugarse con la sencilla contemplación de lo dado, e inmediatamente, arrebatado por movimientos internos que punzan en la estructura de lo recorrido, lo visto activa sus propios márgenes definidos como suspensión en el abismo. Parece y no parece, y de esa manera se funda una metodología propia: la mímesis como negación de lo delimitado; su excesiva presencia hace de las cosas plataformas para la paradoja necesaria de lo real como forma de lo irreal. Lo que es y no es; lo que intentando ser no es y al mismo tiempo queriendo no quiere ser, siendo todo y nada, estrella y agujero, casa y bosque; insecto y presa, danza que no agota nunca sus posibilidades de espantarnos, de despertarnos, de arrastrarnos.

Boris: Intento dormir y siento que me observa. Como si estuviese escondido entre la calma profunda de la obscuridad que cubre mi habitación, y empiezo a ver formas que cambian, no se definen, pretendo convertir un recuerdo en materia, asumir ese delirio como un fantasma propio, transformar ese algo en alguien, darle un rostro, colmillos y melena, convertirlo en maldad como si de un demonio de siete cabezas con cola de dragón se tratase, me calmo e intento invertir los papeles, tal vez mi abuela hoy nos visita, viene a saludarnos porque a esta hora se levantan los caídos o les da por vagar entre los corredores de una casa que habitaron, lamiendo las mejillas de su prole mientras duermen como gesto de  propiedad, insinuándose desde la pared para quienes como yo hoy están despiertos observando con incertidumbre esa sustancia inmaterial. Recuerdo haber pensado alguna vez que esa sensación de creer que te observan era la manifestación más cercana a un milagro, como un corredor a mis propias entrañas, no veo colores ni nada que defina un elemento en este negro lugar solo la existencia de ese poder invisible, ya la he tenido antes, a mis 10 años recuerdo haber leído 5 líneas de un libro cuyo nombre no recuerdo de un tal Noha Gordon, empezaba con una mujer custodiada por un perro invisible que la seguía a todos lados. Paré y sentí miedo, temor por un relato sobre un perro oculto, pensé en la forma inmaterial de ese animal, que extraño sentimiento, estoy intentado creer que esa supremacía etérea soy yo mismo fundiéndome con esa hermosa obscuridad, camuflado porque ya somos uno, un phasmoide.

 

Registro fotográfico

Ricardo Fernández. La Fuente de los Fásmidos (2020). Instalación escultórica.

Alexa Brito. Vórtice que sale de la espalda de una mantis religiosa (2020). Instalación con objetos encontrados. Video en facebook aquí

Jorge Morocho. Fantasmagorías de Orlok, tras tomar un vaso de agua helada, tiempo antes de irse a la cama (2020). Video y pintura.

Ruth Cruz. Reverb infrasónico de la silla de Vivían Maier (2020).  Videomapping y pintura.

Xavier Coronel. Estrella Zombi (2020). Video dentro de una caja con dibujos. 

Marco Sáenz. Estandartes Diluidos. Hito I (2020). Instalación con pintura, objetos encontrados, banderas y performance.

 

Ray Medina. Despertar – capítulo 1 (2020). Instalación con esculturas.

Juan Andrade. El brazo de Margarita Cansino (2020). Instalación con objetos encontrados, dibujos y fotos intervenidas. 

Elías Aguirre. Acto N 46 Pável Vlásov La penitencia (2020). Videoinstalación.

Boris Saltos. P A C Í F I C O (2020). Instalación con escultura y sonido.

Jorge Aycart. El Balcón Vidente (2020). Videoinstalación con esculturas y pintura.

 

Lisbeth Carvajal. La aurora, después de la caída de Magnan bajo la cassia. Videoinstalación de dibujo animado.

Imagen de portada: Ruth Cruz. Reverb infrasónico de la silla de Vivían Maier (2020).  Videomapping y pintura.

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