La piel como umbral – Entrevista a Paula de Solminihac

Una participación llena de sutilezas dentro de la muestra LARA Ecuador 2016: Paula de Solminihac habla sobre su trabajo y la residencia en las Islas Galápagos con el curador de la exposición Rodolfo Kronfle Chambers.

Rodolfo Kronfle Chambers: ¿Cómo se contrastó la idea previa que tenías de las Islas con el lugar que finalmente conociste? ¿Crees que la dinámica de la residencia moduló o enriqueció el tipo de experiencia que tuviste en el archipiélago?

Paula de Solminihac: Para preparar el viaje partí leyendo sobre el trabajo de Charles Darwin, el personaje que al tiro se vino a la cabeza a la hora de pensar en Galápagos. Me impresionó saber que el viaje que hizo en el Beagle fue el único de su vida. Después de la exploración que duró cinco años optó por casarse y vivir en la campiña inglesa, donde pasó el resto de su vida.

Darwin había llevado unos cuadernos de notas durante su travesía en el Beagle llamados Transmutation Notes, que clasificó de la A a la E, y luego hay un M y N. En esos cuadernos, dicen sus biógrafos, se puede seguir el hilo de su pensamiento a través de los primeros apuntes, las primeras líneas que cualquiera de los que llevamos cuadernos solemos hacer para dar forma a las ideas, o antes incluso, para tratar de expresar el pensamiento interno.

Con eso partí al viaje, no mucho más, y con la intención de profundizar en ciertas ideas que venía trabajando antes de partir. En general, buscando ordenar lo que hago, he usado los tiempos de la cerámica, que es un material con el que trabajo con frecuencia: lo crudo y lo cocido han sido los tiempos y expresiones formales más presentes en trabajos anteriores, sin embargo, mi interés por ese otro vértice, el de lo podrido, había empezado poco a poco a hacerse más recurrente. Por podrido entiendo aquello que conserva su naturalidad aún a pesar de su muerte (“Choose any direction on the compass that you like, all roads lead to death”, dice Robert Motherwell), o aquellas cosas que siguen su curso, que toman formas irregulares o que se disuelven. Cosas que se imponen haciendo retroceder al yo, permitiendo la aparición de la verdadera esencia del medio o, mas bien, su belleza elemental.

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La experiencia de la residencia en Galápagos, fue un tiempo fácil para tomar conciencia de aquello. Liberada de las distracciones de la vida cotidiana, el tránsito entre el interior y el exterior se convirtió en la rutina. El reconocimiento de lugares, las lecturas, las estadías largas en paisajes increíbles, el trabajo de los cuadernos con dibujos y notas, las conversaciones de la tarde y las largas noches de música, fueron permeando y contaminando de manera muy fluida estas ideas previas que yo traía.

Y la humedad, a todo lo largo de la estadía, fue el hecho físico que marcó el estar presente a través de la piel como umbral de experiencia de todo lo demás.

Los últimos días, tratando de imaginar lo que haría, pensé en la idea del contacto pero después pensé que era más una cuestión de tacto, de tocarse, que tenía que volver a la exposición con obras que de un modo u otro hubieran tocado algo significativo o fueran puntos de contacto.

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RK: Desde el momento en que se escogieron los artistas se tuvo presente las maneras como este lugar podía conectar con las poéticas e inquietudes más dominantes en la obra de cada quién, pero esto es siempre un ejercicio especulativo. Cuéntame qué tipo de impresiones fueron las que encontraron mayor sintonía con los intereses particulares que vienes manejando en tu trabajo, o si tal vez el tiempo de residencia te permitió añadir o vislumbrar conscientemente capas de sentido adicionales en este.

PdS: Hace tiempo venía pensando en el Estado Oceánico, concepto que surge de la conversación entre Romain Rolland y Freud, como un estado de flujos más enredado que claro entre afectos y pensamientos, entre sensaciones internas y colectivas, entre lo que se cree y lo que se puede constatar. Algo similar al concepto de Flujo de la Conciencia usado para describir el sistema de escritura de Joyce y Virginia Woolf. Algo que también podría vincularse con las prácticas del expresionismo abstracto norteamericano.

Lo que pasa en esas reflexiones de principios del siglo XX hace mucho sentido con lo que describo antes y con lo que me interesa para mi trabajo: cosas justas. Quiero decir, necesarias porque vienen de estados internos antes de la divergencia entre emoción e intención, o la clásica distinción de palabra y cosa.

Pasó que unos meses después de la residencia me invitaron a escribir un artículo para la revista Cuadernos de Arte que publica la Escuela de Arte de la Universidad Católica en Santiago, cuyo número trataba sobre animales. Ahí escribí tres anécdotas sobre Galápagos; partí con Darwin. Releyendo las biografías me encontré con una imagen del Sandwalk, el sendero de pensar, como le decía él, un camino que formaba parte de su jardín. Esa imagen de Darwin paseando a diario por ese jardín inglés me hizo el mismo sentido que esas caminatas por la playa medios perdidos entre la deriva del calor y la belleza natural.

Me lo imaginaba pensando y pensando, haciendo experimentos en su invernadero para después volver a la itinerancia del pensamiento; yo creo funcionar de manera parecida. Me siento atrapada por un tema al que le doy vueltas y vueltas, y que tal vez, en ese tiempo en las islas, cristalizó en flujos de conciencia que operaban como campos de fuerte atracción visual.

Creo que todo lo esencial penetró de forma más profunda, y lo superficial, entendido como retóricas excesivas, fue quedando afuera. El arte surge de la vida y yo no me siento separada de mi trabajo.

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RK: En cierto modo me parece que los diversos componentes que preparaste para la muestra configuran una sola obra, aquel gran filtro o piel metafórica donde se sedimenta la experiencia, según hemos conversado. Háblame del proceso de las piezas y el pensamiento que las anima.

PdS: Lo primero que hice fue trabajar en las hojas de mis cuadernos. Sobre todo lo que había escrito o dibujado en ellos mientras estuve en las islas. Dibujé los contornos de los espacios vacíos que había en cada página, lo que no había sido tocado por el lápiz. Las formas que fueron quedando de esos espacios vacíos eran como pequeñas islas o archipiélagos. Al mismo tiempo, mientras hacía ese trabajo minucioso me dediqué a hacer muchas cosas más, con una obsesividad que me caracteriza. Creo que hice siete u ocho trabajos en donde envolvía, hundía en agua y tierra, secaba y clasificaba. Fueron meses muy compulsivos. Incluso pensé en llevar mi taller en algún momento a la exposición. Luego me pareció un exceso, y entonces, hace un par de meses, comencé a trabajar en el balance de las partes, buscando atracciones primarias entre ellas, de color y tamaño principalmente y restando mi participación que, por lo demás, ya había sido bastante así como cualquier sentido externo.

Actualmente en mi obra existe una fuerte motivación emocional. Intenté someter eso a reglas de composición natural en las que nada resaltara exageradamente sobre las otras partes.

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Así llegue a las cuatro piezas que presento. Efectivamente son, como tú dices, cuatro pellejos en distintos estados. Las dos que están en el suelo son como serpientes, piezas que podrían incluso reptar. Por una parte, la línea de fotos negras que llevé a Galápagos y con las que envolví pequeños objetos preciosos que habían en la playa, objetos que, por razones obvias, no me podría llevar, objetos que en mi taller emplaqué con diario esmaltado y cartón. Por otra parte, otra línea sinuosa, de cuencos de arcilla, papel de diario y telas. Las dos piezas arman un sinfín de interiores y exteriores, evidencias de todo lo pasado y de sus potencias futuras. Los suaves colores pasteles que contrastan con el negro creo que manifiestan esa dualidad de vida y muerte.

El bulto que cuelga son las fotos envueltas, nuevas fotos que envolví en mi taller y al lado, una tripa de donde estaban amarradas las otras fotos. Y por último, una pequeña isla de las hojas de mis cuadernos entre trozos de yeso.

Para instalarlas en el espacio de exhibición, buscando que esa disposición siga el curso de la naturaleza de las partes, las piezas de piso irán serpenteando el borde del muro. La idea es que los bultos y la isla de cuadernos, situados en los extremos, asumiendo su peso y sus formas, inviten a recorrer la obra como si fuera un sendero, el sendero de Darwin o los caminos de los jardines ingleses con su rechazo a la frialdad geométrica de una razón que busca ostentar su domesticación de la naturaleza.

Crédito fotos: Rodolfo Kronfle Chambers

® Asiaciti Trust LARA Project LLP

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