De intimidades más que políticas

Compartimos dos reflexiones sobre el debate en torno al Milagroso Altar Blasfemo del colectivo boliviano Mujeres Creando, a cargo de Ana Rodríguez y Pedro Cagigal. El día de ayer el Municipio de Quito anunció que se removerá el mural, instalado en la terraza del Centro Cultural Metropolitano, en el marco de la exposición “La intimidad es política”, por disposición del Instituto Metropolitano de Patrimonio, pues la obra no cuenta con los permisos necesarios para intervenir una pared de una edificación patrimonial. A esta noticia se sumó la petición del Concejal Marco Ponce de remover a la actual Directora del Centro Cultural Metropolitano, Pilar Estrada, pues opina que la dirección de la institución “no está en las mejores manos”.

Comentario de Ana Rodríguez, gestora cultura y curadora de arte.

Este domingo 30 de julio, un día después de inaugurada, visité la potente exposición “La intimidad es política”, junto a un pequeño grupo de franceses, turistas en busca de montañas y aventuras, interesados en el barroco, el chocolate y las ciudades latinoamericanas. La mirada de ellos ponía énfasis en la relación entre la muestra -como un fuerte signo cosmopolita por sus contenidos- y el edificio histórico que la contiene -primera sede de la universidad jesuita-. Contrastes y continuidades entre la historia reciente y la historia de 400 años, lo que hace la visita más poderosa porque potencia el espacio y sus significados. “Imagino a los estudiantes de la universidad jesuita del siglo XVII y los visitantes de hoy, y es innegable que la relación con la religión ha cambiado completamente, aunque los problemas de los hombres son los mismos a lo largo del tiempo: violencia, exclusión, intolerancia, patriarcado”. “Hace solo cien años esto no habría sido posible” (refiriéndose al Milagroso Altar Blasfemo), acotó una de las turistas, “de todas maneras es un signo muy interesante de la madurez de la sociedad y de la iglesia en el Ecuador, el hecho de que puedan tener esta obra en esta terraza”. Le dije que me temía otro destino, que ojalá y fuera como decía ella, que no estaba segura de que la obra iba a resistir sin que algún poderoso se rasgara las vestiduras. “En todo caso, ponerla en la pared medianera con la Compañía de Jesús, bajo sus cúpulas, no hará más que darle aura y visibilidad a la exposición. Parece un poco una provocación en ese caso, cosa que no estaría mal para asentar un debate” opinaba otro turista francés.

En la terraza estaban todavía las tarimas de un concierto del día sábado. Cuando el mediador que estaba al ingreso de la terraza nos hizo leer las advertencias en la pared, sobre entrar a nuestro propio riesgo, las tarimas a lo lejos parecían una pasarela que se iba a llenar de cosas prohibidas. Pero la larga conversación sobre el sentido de la obra, de lo que estaba en juego en los retablos pintados de Mujeres creando, fue más poderoso que cualquier performance de lo prohibido. Había dos jóvenes, una de trece y otro de catorce. Después de la interpretación que hicimos de la obra, mientras nos explicábamos el origen de cada una de las vírgenes -de los abortos, de los trans y diversos, de los feminicidios-, así como el sentido del falo de un Jesús, en cuatro patas, atado a un cadena que lo ata a su vez a una catedral, nos dimos cuenta que no hacía falta que nadie desfilara en la tarima porque la obra era poderosa como para ponernos a imaginar sin necesidad de ver, o más bien, como para ponernos a interpelar sobre las violencias estructurales y la dificultad de verlas por la omnipresencia de la lógica patriarcal, representada por un pequeño personaje con solideo y gafas.

Así, felicitamos al mediador por la obra -ellos son la cara de la institución-, le deseamos que dure mucho, lo suficiente para que más gente se sienta interpelada. Sin embargo, eso no ha ocurrido, la censura parecería querer regular este conflicto, bajo el argumento solapado del respeto del patrimonio. Pero la censura siempre es política, la moral siempre es política, es un asunto de poder[1]. El argumento del patrimonio acá busca desmontar la politización de la exposición, y mantenerlo en un nivel técnico. Pero todos sabemos que la razón de todo esto no es esa. Todos los muros del centro cultural son patrimoniales y ninguno de ellos resistirá sin conflicto la presencia de un mural que interpela así de alto y claro. Se trata de “secretos públicos” diría X. Andrade.

Si es por informes patrimoniales, igual se podría reivindicar los patrimonios vivos de la ciudad, que son -según encuestas (2013)- los más importantes para los quiteños, y como contenido para probar la importancia de lo político de la intimidad, se podría argumentar con la voz directa de más de 10.000 hombres y mujeres que condenaron en 2012 la violencia intrafamiliar e institucional, la falta de acceso a las justicias, los abortos clandestinos, el femicidio, las clínicas de deshomosexualización, y que sobre todo reivindicaron posturas de lucha, y escrituras críticas y comprometidas en sus vidas cotidianas.

En el mundo ideal esperaríamos que el Secretario de Cultura, Pablo Corral, defienda lo actuado, que la directora Pilar Estrada pueda activar el debate como parte del programa educativo del Centro Cultural Metropolitano, que la institución entienda su rol, que los equipos del CCM se sientan parte del programa y las curadurías y que puedan mediar este conflicto con los públicos para activar posturas críticas, que los públicos se sientan interpelados no solo por la intervención de artistas internacionales sino por la producción y la mediación local. Que el municipio busque coherencia entre su política y gestión de cultura, y los discursos críticos que activa, en el marco de la autonomía de creación de los artistas que reivindican otras subjetividades, y que le perdieron el miedo y el respeto a las instituciones patriarcales y conservadoras.

[1] La directora del Centro Cultural Metropolitano, Pily Estrada, ya vivió procesos de censura y censura previa por parte del Alcalde Nebot en Guayaquil (2007-2011), y una de las obras de la muestra del CCM, la valla de Santiago Reyes (2007), también fue censurada en la Bienal de Cuenca por el Municipio de esa ciudad, lo que abre la exposición inscribiendo el significante de la censura como constitutivo de la relación entre arte, cuerpo y diversidad.

¿PROVOCAR A QUIÉN?

Por Pedro Cagigal

Antes de desatar la ira, aclaremos que: 1. No soy una persona religiosa, 2. Fuertemente apoyo las reivindicaciones feministas, reconozco su importancia, vigencia, sus aportes sociales, teóricos y artísticos, 3. Aún no visito la muestra a la que me refiero, solo he visto imágenes de ella y me parece una excelente iniciativa.

El colectivo boliviano Mujeres Creando hizo el mural Milagroso altar blasfemo en el Centro Cultural Metropolitano, como parte de la muestra “La intimidad es política” y se ha desatado una serie de reacciones por parte de sectores de la iglesia en la ciudad que han conseguido que se censure la obra con la eXcusa de no haber tenido permiso del Instituto Metropolitano de Patrimonio para el mural. Por su parte, los artistas también están dispuestos a enfrentarse en contra de la censura y defender su libertad de expresión, haciendo entre otras cosas artículos como éste, pero….

Yo preferiría acercarme a esto como una lucha simbólica en donde dos discursos (desde dos espacios de poder distintos: la iglesia y el museo) disputan sentidos en el espacio público. Creo, también, que ambas partes tienen derecho a esa disputa de sentidos y es inevitable que así sea. La iglesia promovió la censura y lamentablemente el museo y el municipio cedieron. Es obvio que si atacan a sus símbolos sagrados van a reaccionar e intentar mostrar su fuerza simbólica y política. Y como a toda institución, le viene bien un enemigo suave: simbólico e “inofensivo”.  Estas enemistades acaban reforzado a la iglesia, tanto en sus creencias, como en su capacidad de acción en conjunto. Y por su parte, sucede lo mismo en el circuito del arte, acaban reforzándose a sí mismos en sus posiciones y en cómo accionar en conjunto. Nada mejor que alguien te quiera censurar, acabas acaparando mucha atención, anécdotas y textos: el buen capital simbólico. ¿Pero qué hay de la lucha en sí?

Por los antecedentes de Mujeres Creando, personalmente me acercaría al Altar Blasfemo a través del concepto de activismo artístico propuesto por Marcelo Expósito, “aquellos modos de producción de formas estéticas y de relacionalidad que anteponen la acción social a la tradicional exigencia de autonomía del arte…” , éstas prácticas pueden ser o no ser leídas como arte, dependerá desde dónde se las busca hacer legibles y enunciar.

Entonces, digamos que las queremos enunciar desde el arte:

La transgresión a los valores religiosos a través del arte tiene siglos. Esto habla de distintos procesos sociales en distintos momentos de la historia; pero me pregunto si en el campo del arte contemporáneo se puede valorar el peso simbólico de una propuesta solo por su provocación religiosa. ¿Qué le da valor al Altar Blasfemo luego de haber visto centenares de imágenes religiosas transgredidas con bigotes, orines, penes, besos, pistolas, vaginas, banderas, animales muertos, excrementos y todo tipo de fluidos, tecnologías, golpes, entierros o convirtiéndolas en personajes que van desde superestrellas a pedófilos? Hay tantos ejemplos que me atrevería a decir que la iconoclastia y la profanación religiosa se ha vuelto un atajo simbólico en el arte y en el entretenimiento. Creo que el Milagroso Altar Blasfemo, más bien llega al museo ecuatoriano por la trayectoria activista y la particularidades de Mujeres Creando y María Galindo que es sumamente interesante (recomiendo revisar), y por otra parte, por el tejido discursivo del arte feminista mundial que permite esta muestra muy necesaria en el país.

Sin embargo, simbólicamente, el altar es literal y cínico, fácilmente crea un enemigo volcándose en valores morales (al igual que la iglesia), planteando buenos y malos, blancos y negros, donde, por supuesto, en el arte están los buenos frente a la maldad unidimensional de la iglesia y sus seguidores. No se transciende del panfleto y su valor reside en la provocación, que se afirma en instalar la obra en la pared colindante con la iglesia de la Compañía de Jesús. Se regocija en un lenguaje para sí mismo que no pretende abrirse para nadie más, y en ello veo un ejemplo más de la falta de empatía por los valores de la cultura popular en la producción artística y de parte de una clase creativa. Y por supuesto el colectivo tiene el derecho de apropiarse y resignificar a los altares No va por ahí la crítica, sino en lo previsible de la provocación. La molesta respuesta de religiosos se debe a que este discurso está ahora legitimado por especialistas en el museo, con una alta exposición al público, en la plaza central de la ciudad y que literalmente toca un espacio de devoción.

Y ya que el lenguaje se acerca más a lo panfletario, leamos entonces el Milagroso Altar Blasfemo desde el activismo:

Si bien hay un arte político que ha aportado en la construcción de sentidos en la sociedad, hay un tipo de arte que decidió accionar desde dentro de las luchas sociales concretas. En las últimas décadas hemos visto cómo el activismo usa distintas herramientas del campo de las artes, principalmente para adquirir visibilidad. Desde los movimientos de alter globalización la tendencia incrementó e incluso se habla de una influencia desde las prácticas artísticas en el activismo que provoca un tipo de resistencia performativa. Vemos como las grandes ONGs del activismo mundial centran gran cantidad de esfuerzos y recursos en estas acciones, pensemos en Greenpeace o Femen. En muchos casos se privilegia la visibilidad  (asegurando la sostenibilidad de las organizaciones) sobre las luchas en sí. El antropólogo Kevin McDonald habla de esta lógica performativa y de cómo los movimientos sociales son ahora más endebles y tienden a diluirse fácilmente, el activismo deja de ser una construcción de una comunidad de lucha y se vuelve un espacio de exploración y exhibición temporal del yo. Performar, al fin, es más fácil y divertido que buscar cambios concretos en las políticas públicas.

Si el activismo artístico se centra en impulsar sus luchas, ¿en qué colabora el Milagroso Altar Blasfemo en la lucha feminista? Yo argumentaría que en la incorporación de mujeres y sus discursos en el campo del arte, en la denuncia a la iglesia como soporte de una estructura patriarcal y en el intento de desacralizar la adoración a estas imágenes en comparación al maltrato real del cuerpo femenino o del cuerpo diferente. Muy bien por ese lado. Pero, ¿intenta ir más allá de los circuitos del arte y del activismo feminista en los alcances de su discurso? La obra promueve una política antagonística que se fortalece definiendo a un enemigo último y la ficción de que al vencerlo el problema desaparecerá mágicamente (en este caso el machismo). Es lo contrario a una política agonística que entiende el rol social del conflicto y trata de ganar terreno simbólico en el espacio de su oponente, es decir ganar adeptos para la causa feminista entre las y los católicos. Con una posición cínica, que deslegitima y denigra las creencias de otros, el altar solo puede reforzar posturas totalitarias en ambas partes. Por un lado, los religiosos tienen una amenaza visible para congregarse y luchar vehementemente, por otra parte, en los sectores creativos se asienta una visión maniqueísta de la iglesia, reducida a órgano colonial censurador, opio de los pueblos, cuna de pedófilos, soportado solo por gente boba e ingenua. No se lee a la iglesia como una institución extremadamente compleja que conjuga un sistema de creencias, búsquedas espirituales, articulaciones comunitarias y políticas, disputas ideológicas y que ha ido mutando a la par de nuestras sociedades con garrafales errores, pero también con aportes.

Son necesarias otras estrategias en el activismo y en el arte. La sátira grotesca, que tuvo sus momentos cumbre en la historia, ha demostrado ser más bien contraproducente en el actual contexto de tensiones. Basta mirar lo que pasó con Charlie Hebdo y la reacción a sus representaciones de Alá y los musulmanes. A la final, la publicación terminó por exacerbar aún más el clima de tensión e intolerancia en Francia. En contraste, más interesante, sobrio y estratégico, mientras juega con los símbolos religiosos, me parece la obra No violarás de Regina José Galindo, expuesto en la misma muestra y en el espacio público, que sin burlas ni acusaciones, inserta un mensaje feminista en el código religioso de la ciudad, casi hackeando los mandamientos.

Mientras no se cambien las posiciones cínicas por las críticas (que buscan profundizar en los temas) o no se prioricen los objetivos simbólicos estratégicos sobre los sensacionalistas, poco se logrará en cambiar las mentalidades de las mayorías y solo nos repetiremos como mantras nuestros propios discursos hasta que venga el siguiente escándalo programado, dónde celebraremos nuevamente nuestra rebeldía.

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PRENSA

http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/7/municipio-de-quito-removera-mural-porque-no-contaba-con-permisos-patrimoniales 

https://www.elcomercio.com/tendencias/secretariadecultura-prohibicion-paso-mural-mujerescreando.html

http://www.eluniverso.com/entretenimiento/2017/08/02/nota/6311665/municipio-quito-reubica-pintura-que-integra-exhibicion

http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/7/la-intimidad-es-politica-reconoce-la-necesidad-de-la-diferencia

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2 comentarios en “De intimidades más que políticas

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