“Mi lugar de enunciación es desde el malestar”. Entrevista a María Paulina Briones

Por Ana Rosa Valdez

María Paulina Briones es editora, periodista, docente, escritora. En diciembre de 2013 publicó la novela Extrañas bajo el sello Pacarina de la Campaña de lectura Eugenio Espejo. En 2014 apareció su libro de cuentos El árbol negro bajo el sello Línea primitiva (ARG). Otros de sus textos han sido publicados en la revista de Cultura Latinoamericana Guaraguao, en la revista virtual hispanoamericana El Otro Lunes y en la revista cultural virtual Matavilela de Ecuador. En 2016 ganó el primer premio del concurso internacional de poesía “Ismael Pérez Pazmiño” con el poemario Tratado de los bordes o La cercenación del estero.
Desde 2009 dirige La casa morada, una empresa de iniciativas culturales especializada en promoción a la lectura, programas de lectura y escritura para niños, jóvenes y adultos. La casa morada librería, además, es un espacio vitrina para las editoriales independientes de Ecuador y América Latina en el que se realizan eventos, talleres y actividades relacionadas al mundo de la Cultura.
Ha sido editora de Cultura en Diario El Telégrafo, de noticias Internacionales en diario El Universo y corresponsal para diario Latino de Madrid, así como Redactora de la revista Hogar del grupo Vistazo, en donde también fue redactora webmaster.
Actualmente lleva las cátedras de Historia de la lectura y las plataformas del libro, Introducción a la actividad editorial y Literatura Española (como materia optativa) en la Universidad de Las Artes.
Sus áreas de interés y desarrollo son la gestión cultural, proyectos institucionales de lectura, procesos de lectura y escritura y políticas públicas de cultura. Pertenece la Asociación de Editores Independientes del Ecuador y tiene una editorial, Cadáver exquisito. Es, además, gestora de contenidos.

En tu trayectoria como gestora cultural has impulsado diversas iniciativas en Guayaquil: el fomento a la lectura, la gestión de un espacio dedicado a la literatura (La Casa Morada), la dirección de una editorial (Cadáver Exquisito), y ahora, la práctica docente (Universidad de las Artes). Este recorrido quizás te ha permitido tener una visión panorámica de la escena cultural de la ciudad, y el rol de las instituciones públicas en ella. Desde tu experiencia, ¿cómo valoras la gestión municipal de cultura? 

Es cierto que tengo una visión panorámica sobre el tema de gestión de la cultura, pero más allá de eso yo soy una ciudadana y como habitante de Guayaquil siento que la ciudad me debe, no solo a mí, sino al resto de personas que la habitan. Guayaquil le da la espalda al río, a los esteros, a la infancia, a los ancianos. No sé qué grupo social podría estar conforme con el transporte público, con la cantidad de áreas verdes y su manejo, con la percepción de seguridad, con los recintos para practicar deporte, con sus museos, con su biblioteca pública, con su educación pública. Conformarse con lo que tenemos y vemos a diario es condenarnos a la inmovilidad, y cuando la abulia se instala muy poco podemos hacer para revertir la situación. Los proyectos aislados que han “prendido” en la ciudad no tienen aun continuidad (La bota, por ejemplo) y no están relacionados a una política pública de cultura que mira hacia lo masivo. El FAAL, en cambio es masivo, pero no dejar de ser un evento más, en el sentido de que no hay un antecedente en el año sobre él, o después de él.

Una parte de las acciones y decisiones que he tomado en la gestión de “La casa morada” obedece a mi necesidad de imaginar otra ciudad posible desde el pequeño microcosmos de mi casa, pero eso no basta. Los cambios deben ocurrir en otras instancias, aquellas que miran lo público, esas que tienen la ilusión de procurar bienestar para una mayoría. También dirigí el extinto Sistema Nacional de Bibliotecas y sé que es posible hacer transformaciones en estos ámbitos cuando se tiene ganas, cuando se ponen los deseos y esfuerzos todos juntos.

Precisamente mi lugar de enunciación sobre mi ciudad es desde el malestar. Desde esta orilla puedo gritar que se vayan a sus casas esos funcionarios para quienes la Cultura es su trofeo personal, en donde son caporales patéticos que cada vez que abren la boca solo dejan que escuchemos graznidos.

Es fundamental que haya una renovación en el Municipio, no solo en su Dirección Cultual; la ciudad creció y su ordenamiento es insuficiente, la necesidad de planificación debe obedecer a un criterio que va más allá de las aspiraciones electorales, -que parecerían ser lo único que mueve a los actores sociales- y que tiene que ver con la capacidad técnica de equipos de trabajo especializados. Aquí no cabe pensar en filiaciones políticas: quienes pueden y saben qué y cómo trabajar en el tema cultural deben constituir esos equipos. Esa será la única manera de vislumbrar un camino para el cambio.

Y debo decir también que conozco personas muy valiosas que trabajan en la Dirección de Cultura municipal, pero que no ocupan cargos directivos, por lo tanto, es complicado su accionar en esos espacios.

Muchas de las deficiencias de las áreas culturales de los gobiernos locales en el Ecuador responden a problemas estructurales ocasionados, de algún modo, por la falta de un Sistema Nacional de Cultura que articule el trabajo de las instituciones culturales del país -más allá de la burocracia centralizada en la capital-. Sin un sistema integral articulado desde el gobierno central, ¿qué deberían hacer los gobiernos locales para incentivar las manifestaciones culturales en el territorio?

El centralismo sigue siendo un mal en el Ecuador; las instituciones del Estado exigen que el lugar de trabajo sea Quito. Nuestra capital es la “planta central”. Cuando los funcionarios públicos se desplazan a otras ciudades o pueblos ellos van al “territorio”. Desde la Lengua se evidencian los prejuicios y en este caso estas etiquetas solo repiten la forma en que el poder se presenta y se distribuye. Lo último que escuché sobre el Sistema Nacional de Cultura es que el Instituto estaría en Guayaquil o en otra ciudad. Pero también Guayaquil es un centro respecto a otras ciudades más pequeñas. No creo que el Sistema Nacional de Cultura articule per se al sector. El estado ecuatoriano debe hacerse aún muchas preguntas: ¿Qué cree sobre la cultura? ¿Qué entiende por ella? ¿Cuál es su visión sobre el beneficio que trae el desarrollo cultural? (Estas mismas debiera hacérselas la Dirección de Cultura del Municipio)

Hay una idea generalizada de que las instancias locales no son gobierno. El Municipio es parte del gobierno y es un agente que podría dinamizar los lineamientos de las políticas públicas. Esto no tendría que ser una muestra de la buena voluntad de la administración municipal. Si los municipios tuvieran cifras fijas destinadas al desarrollo cultural los funcionarios tendrían que ejecutar unos programas (en el caso de que los hubiera) y unos rubros en Cultura. Se podría observar la ejecución de estos programas, proyectos y actividades, se podría hacer correctivos. Pero como los presupuestos son fluctuantes nada tiene permanencia. Esta permanencia no tiene que ser casi eterna, por cierto, pero los plazos existen, los tiempos también se miden en cuanto a conseguir ciertos resultados.

En otro ámbito hay que señalar que el currículo de artes está aprobado por el Ministerio de Educación, ¿por qué las escuelas no tienen proyectos institucionales de lectura, por ejemplo? ¿por qué los estudiantes siguen sin tener clases de artes? ¿Por qué los gobiernos locales no trabajan también en estos sentidos?

Si pudieras ocupar o asesorar el cargo de la Dirección de Cultura y Promoción Cívica ¿qué líneas de trabajo priorizarías? ¿qué eliminarías?

Priorizaría el trabajo entre las instancias públicas y las privadas. Trazaría una cartografía cultural y educativa de la ciudad de Guayaquil que acoja todo lo que es esta ciudad: áreas consideradas urbanas, los cinturones de miseria, lo que está más allá de ellos que también existe. Esta sería una forma de ver lo que somos, quiénes somos. En mi equipo de trabajo (el equipo de trabajo también merece una curaduría) habría personas que no piensen como yo y que tengan intereses distintos a los míos para ampliar unas perspectivas de acción. Esta es una herencia que me deja el tiempo en la Universidad de las Artes, puesto que he aprendido a ver más allá de mis intereses literarios o, dicho de otro modo he comprendido que la contaminación entre disciplinas va gestando nuevas posibilidades.

Es primordial que dentro del concepto de responsabilidad social empresarial, también entre el de responsabilidad social cultural. Estoy segura que a algunas empresas de la ciudad les interesaría ejecutar, por ejemplo, un programa de activación de talleres de danza en instituciones públicas como la Casa de la Cultura. O auspiciar al cuerpo de baile de la ciudad, o implementar una campaña de lectura en espacios públicos.  Los lineamientos los tendría que entregar la instancia pública, pero no tendría que ejecutar o contratar, pues ya sabemos que no son eficientes haciéndolo, pero es posible que la empresa privada sí lo sea. Además esto generaría nuevas plazas laborales, también dentro de la empresa privada que podría incluir a un “experto” en temas culturales y educativos.

Se tendría que hacer antes que nada un diagnóstico y a partir de él una planificación a una cantidad de años. Los procesos tendrían que transparentarse.

La Dirección Cultural tendría que procurar comunicarse con otras instancias públicas y privadas, también internacionales para lograr sinergias.

El museo municipal y la biblioteca serían mis principales objetivos, sobre todo hoy que el espacio museo no se debería reducir solo al interior de sus muros sino en una total apertura con su entorno y su heterogeneidad, y que las bibliotecas se han transformado en maravillosos espacios de tensión entre los diferentes soportes y plataformas del libro que ofrecen programas de vinculación a la comunidad fundamentales. Solo estos dos lugares, museo y municipio, con programas idóneos harían ya una diferencia.

Hay días en que me despierto todavía queriendo imaginar Guayaquil.

 

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